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Celia: Viva un siglo después.

Celia Sánchez Manduley

Llego hasta el jardín sin detenerme en la belleza de las rosas. Sin admirar como siempre el olor de los jazmines. Ninguna flor atrapa mi atención porque camino en busca de una específica. De una autóctona y simbólica que, a cien  años de sembrada, no ha dejado en la isla espacio sin su presencia, resquicio sin su aroma.

La flor de Media Luna, la flor primera de la Sierra Rebelde y la más grande del llano clandestino. La flor que fue atributo en el pecho de un gigante y coronó esta tierra con pétalos de esperanza multiplicada. Su polen fertilizó la cultura, la salud, el trabajo, la proyección internacional de un jardín nuevo donde las espinas y las malas hierbas huyeron ante su fusil disparador de nuevos tiempos.

Celia Sánchez era de cuerpo menudo. Pero alma más grande sería imposible hallar, ni palabra más llana. Ni timbre más de pueblo.  Inconforme de entregarle la casa grande a los negros y mulatos, a los obreros y campesinos, fundó otra Casa para que las Américas descubrieran esta Cuba distinta, y vieran que es posible levantarse desde voces humildes para entonar a coro las libertades tanto tiempo anheladas.

Celia en convocatoria de trovadores y bohemios florece a sus cien años para decirnos que la era puede parir un corazón y si fuera difícil vuelve a poner el suyo que es por derecho de la patria. Se pone firme el nasobuco. Se duele de no poder cargar a un niño, abrazar a un anciano. Pero avanza. Lo hace con firme paso después de un siglo entre nosotros. Alta la frente como el Martí que ella pusiera sobre todo lo creado porque ya lo sabía sobre cada sentir.

Por eso vengo hasta el jardín. Vengo a admirar a la primera. A la que siempre tenía tiempo para su pueblo. Allí la encuentro. Imbatible. Eterna. Abonando la tierra que sostiene su tallo con un legado que no detiene su afluencia. Encarnando la sentencia: La muerte no es verdad cuando se honró la obra. En esa  vida diferente habita Celia.

Celia, Flor autóctona de la Revolución cubana.

Yuliet Torres Rivera.

Flor de primavera, que vio la luz una tarde de mayo entre laberintos y meandros del río Vicana que recorre la Sierra Maestra, donde profundo como un brazo descansa el barrio de Media Luna en Pueblo Nuevo.

Tierra que sirvió de abono para la flor más autóctona de la Revolución cubana y quién influenciada por el pensamiento Martiano, desde muy joven vislumbra la necesidad de unirse a la lucha clandestina.

Norma, Lilian, Carmen, Caridad y Aly, fueron seudónimos de guerrilla que utilizó esta luchadora incansable, primera mujer combatiente del ejército rebelde y creadora además del pelotón femenino Mariana Grajales.

Mariposa de la sierra, del movimiento 26 de Julio y desembarco del Yate Granma, formo parte de los momentos más trascendentales, obras relevantes y significativas concebidas después del triunfo revolucionario.

Imbricada con la historia, su modesta vida y consagración al servicio del pueblo, convirtieron a Celia Sánchez Manduley en la flor más autóctona de la Revolución cubana.

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