
Alejandro Suárez Placeres quiso ser arqueólogo como Indiana Jones, y genetista para inventar criaturas que harían palidecer de envidia a Steven Spielberg. Soñó ser físico para rebatir ciertas teorías de Einstein, y estuvo tentado a construir robots para retar a todos los genios juntos. Ahora, a sus 16 años, quiere ser actor. Si me atengo a la máxima que Hemingway le dijo a un niño, “serás lo que quieras ser”, años más tarde convertido en Doctor en Ciencias, Alejandro podrá ser lo que quiera. Especialmente un hombre decente y bueno para su familia y su país.
Daniel, su hermano de 12 años, me mira serenamente desde el cristal de sus espejuelos. Al parecer, su corta edad le ha impedido “cambiar” de tantas profesiones como Alejandro. Por el momento tiene dos como bandera: mago y pintor.
Admira a Salvador Dalí, lee con fruición al escritor ítalo-español Carlos Fabetti, y canta con su hermano en el Proyecto Arte Camino, que dirige Ernesto Tejera en el poblado de Vereda Nueva, donde residen Alejandro y Daniel junto a su madre, Mayté Placeres Govea, y su padre, Iván Suárez Placeres, trabajador de Abastecimiento Técnico Material (ATM) en la Empresa de Cítricos Ceiba.
Mayté, actual directora municipal de Cultura en Caimito, no puede esconder el orgullo que le provoca la manera de actuar y pensar de sus dos hijos. Confiesa que, tanto ella como su esposo, los han formado en la mayor libertad posible y sin arbitrariedades. No les prohíben nada. Les enseñan las consecuencias de ciertas actitudes erróneas. Por ejemplo, en su casa nadie fuma. Ambos han aprendido muy bien las consecuencias de ese mal hábito.
El actuar de Alejandro y Daniel sobre las tablas de los teatros caimitenses es bien conocido, como también su talento para brillar en certámenes literarios para niños y adolescentes. No es obra de la casualidad. Ambos son empedernidos lectores. Alejandro ha consumido libros del calibre de Cien años de soledad, Relato de un náufrago y Del amor y otros demonios, de Gabriel García Márquez, y La piel de Onagro, de Honoré de Balzac. Daniel, fanático de Fabetti, también confiesa su admiración por obras como La media vuelta, de Eric Adrián Pérez y Declarado desierto, de Olga Marta Pérez.
“Tengo una formación pedagógica, soy maestra -afirma Mayté-. De mi padre heredé el hábito de la lectura. Mi esposo también lee. En mi casa siempre ha habido muchos libros. De hecho, además del cake en los cumpleaños, estuvo siempre el regalo del libro. Mis hijos aprendieron a escuchar la música de los más viejos: Silvio, Serrat, Sabina… y yo, como nunca estoy de espaldas a sus intereses, aprendí a escuchar a Jarabe de Palo, Buena Fe, Adrián Berazaín, Mauricio Figueral…”
Mayté pondera el papel de la familia en la formación de los hijos, incluyendo el de los abuelos. “Mi papá es campesino. Él los ha enseñado a cosechar, a hacer carbón, a conocer de cerca la religión. Mi mamá y él siempre han estado presentes, cooperando, enseñando, iluminando sus maneras de comportarse en la vida. Mis hijos aprendieron que la palabra empeñada se cumple siempre, van a la escuela aunque llueva porque ese es su primer deber, y porque saben que yo tengo responsabilidades por cumplir”.
Alejandro conoce el ambiente oscuro de la indisciplina social. Lo conoce muy bien, sí, pero toma distancia de tantos malos hábitos. Dice que va a ser difícil la batalla para enterrarla. Daniel lamenta conocer muchachos de su edad que beben y fuman. Mayté deplora que los padres de los niños más conflictivos no asistan a las reuniones escolares. Sin embargo, es optimista, cree, como Martí, en el mejoramiento humano y en la utilidad de la virtud.
“A veces los padres arremeten contra los maestros, pero si no le damos valor a los docentes, a los educadores, entonces ‘envalentonamos’ a esos niños respecto a su mal comportamiento. También los maestros deben ser ejemplo para que su autoridad se respete -confiesa-.
“Todos los niños tienen la misma capacidad. Los límites les ponen el freno. De la misma manera que aprenden un reguetón infame, pueden aprender una canción hermosa de Teresita Fernández. Solo hay que canalizar sus actitudes por el camino más hermoso”.
Los hombres, según Carlos Marx, son hijos primero de la sociedad y después de sus padres. Sea este el orden, o a la inversa, lo cierto es que cada nación debe luchar por hombres más humanistas, íntegros y cultos. “Un país sin espiritualidad no se salva”, dijo lúcidamente la poetisa Lina de Feria en fecha reciente. También lo creo. Apostar por lo mejor del hombre siempre será más loable que despertar la fiera que duerme dentro de sí.
Por ese camino va Mayté con sus hijos, pequeños hombres en pos de metas mayores, sea en la arqueología, el canto, la pintura, la física, la magia, la actuación, la agricultura… Son, sin lugar a dudas, los tesoros más esplendentes que una madre puede exhibir ante la cara siempre difícil del mundo.