
Juan Bosco es un hombre polifacético. La prueba está en que puede pasearse también, como docente o ejecutante, por otras expresiones artísticas como la décima y el repentismo y las artes plásticas, que lo llevan a formar nuevos talentos de la música campesina, en unión de su coterráneo, el memorable tonadista y repentista Gilberto Morales (Guambín), y a pintar sobre el lienzo todo aquello que suele dictarle la inspiración.
Tiene un nombre extenso, Juan Bosco Miguel Ramírez Rodríguez, muy prolongado como la amistad que nos une desde que, a fines de la década de los ‘70, fuera mi profesor de Historia en el Instituto Preuniversitario en el Campo Vicente Pérez Noa.
Por entonces yo solía defraudar constantemente a mis profesores de ciencias, especialmente de Matemáticas, pero con la asignatura de Historia y Miguel tenía una relación más fructífera y cordial, que se ha mantenido imbatible.
El tiempo pasó y pasó —y no solo en el poema— y el antiguo profesor, luego de impartir docencia por 15 años, decidió aventurarse por nuevos rumbos: ejerció como director de la Casa de Cultura Mirta Aguirre, en Bauta, durante tres años y posteriormente, en La Habana, fue analista de programación en el ICRT, jefe de despacho de la programación general de la televisión y director de la bóveda cinematográfica.
Recuerdo que escribió varias ponencias sobre cine, en las cuales realizaba algunas sugerencias para la mejor promoción de este arte. Hoy confiesa ser un enamorado de las películas de época, del cine francés, la filmografía bélica soviética y los musicales, y se declara admirador de la obra de directores cubanos como Tomás Gutiérrez Alea y Sara Gómez.
Pese al entusiasmo por su trabajo en la capital del país, la realidad se imponía y Juan Bosco Miguel retornó a Bauta, donde lo colocaron al frente de la dirección del teatro municipal, hasta que la vida lo puso en un camino que siempre lo desveló: el de la investigación.
“Trabajé en la investigación y continúo haciéndolo en esta vertiente. Aquí, en mi pueblo, he tenido la suerte de compartir con investigadores muy sobresalientes, como Tomás Carrera, María Virginia Pérez y Silvia Amaro, que realizaron una labor excelente sobre la huella del grupo Orígenes en este municipio.
“Después participé en un proyecto dirigido por el musicólogo alquizareño Luis César Núñez, sobre el desarrollo de la música en la ya desaparecida provincia de La Habana”.
Juan Bosco pinta paisajes con la técnica del puntillismo, y aborda la línea figurativa. Confiesa ser un enamorado de las artes plásticas desde sus tiempos de infante, cuando enviaba obras a un profesor de apellido Llovera, quien tenía un programa radial, y esperaba que este profesor le enviara —vía correo postal— criterios y sugerencias acerca del material recibido.
Tiempo después, a dos manos con el pintor Jorge García Abréu, realizaría su primera exposición de artes plásticas y tendría el privilegio de exhibir sus propuestas en las paredes del prestigioso y codiciado Museo de Bellas Artes.
“Mi familia se fue a vivir en Cienfuegos durante la década de los ’50, y en esa ciudad tenía un primo, llamado Zendo, que cantaba en el septeto Los Naranjos. Él era amigo de un personaje muy conocido dentro de la música campesina, Colorín, de Luis Gómez, y también de otros poetas. Esa influencia tan valiosa quedó muy dentro de mí”.
Juan Bosco es un hombre polifacético. La prueba está en que puede pasearse también, como docente o ejecutante, por otras expresiones artísticas como la décima y el repentismo y las artes plásticas, que lo llevan a formar nuevos talentos de la música campesina, en unión de su coterráneo, el memorable tonadista y repentista Gilberto Morales (Guambín), y a pintar sobre el lienzo todo aquello que suele dictarle la inspiración.
“Años más tarde conocí a Guambín y, cuando leyó mi primera décima, me dijo: ‘¿y por qué no sigues escribiendo?’ Él me estimuló a continuar. Sinceramente, respeto mucho la décima; para mí no es un arte en tono menor, sino todo lo contrario: tiene una estructura muy sólida, es ‘una cárcel perfecta’”.
Juan Bosco leyó diversos y valiosos libros acerca de la décima y el repentismo, y terminó impartiendo clases de Preceptiva y Gramática en el Taller de la Poesía Improvisada, Escrita y Cantada Didio Morales Cepero, espacio donde trabaja en la formación de niños desde hace más de 11 años y por el cual ha recibido estímulos de poetas tan prestigiosos en la materia, como Waldo Leyva y Alexis Díaz Pimienta.
Lástima que él mismo reconozca la falta de un local, con las características adecuadas para enseñar a los niños interesados en dominar los encantos de la espinela. Y lástima que una fuerte restricción escolar se esté convirtiendo en obstáculo para facilitar el acceso de los niños a las horas del taller, aunque confía en que pronto esta realidad pueda tomar un rumbo más positivo.