Lo primero para un maestro ha de ser la vocación

Conversar con la maestra Isela Benítez me permite saldar algunas viejas deudas contraídas con tantos educadores cercanos en mi niñez, a los cuales admiro y agradezco, aunque en el caso de esta sencilla mujer no me haya impartido clases.
Natural de Calabazar de Sagua, en Villa Clara, al Triunfo de la Revolución se incorporó a la escuela para niñas campesinas Ana Betancourt, donde aprendió corte y costura.

Allí obtuvo el sexto grado, y decidió materializar uno de sus grandes anhelos: se sumó al curso de maestros populares en la escuela formadora Minas-Topes–Tarará, de la cual egresó en 1970 como maestra primaria.
Durante cinco años hizo prácticas en las aulas, y desde el principio impartió casi siempre el sexto grado. “En Tarará me tocó un grupo en el cual los muchachos eran más altos que yo. Por eso me dieron el aula más chiquita, porque pensaban que yo no los podría controlar”.
Trabajó un curso en la escuela formadora de Villa Clara, pero tuvo que abandonar el centro por motivos personales. En 1970 se mudó hacia Mariel, específicamente al poblado de Quiebra Hacha. En esa comunidad durante 10 años varios planteles conocieron de su entrega, entre estos Pablo de la Torriente y Evelio Prieto.
Tiempo después comenzó a vivir en Artemisa, y transitó por diversas escuelas. Laboró en el seminternado de primaria Ramón Mordoche hasta su jubilación. Y, cuando cualquiera podría pensar que todo terminó, Isela decidió incorporarse nuevamente a la docencia en la primaria Aniversario 50, muy cerca de su hogar, en la cabecera de la provincia.
A lo largo de cuatro cursos, les brindó sus valiosos conocimientos a los pequeños de quinto y sexto grados. “Al final comprendí que era mejor trabajar con los muchachos todo el segundo ciclo, y así conocerlos mejor a ellos y a sus padres”.
Gusta de impartir Matemática y Geografía, “aunque en una ocasión di todas las asignaturas, menos Español. No me agradan las humanidades, pero sí la Historia”.
Primero en Mordoche, y luego en Aniversario 50, alentada por su hijo Jorge Luis (quien también escogió el magisterio), promovió el Movimiento de Pioneros Exploradores y sus actividades encaminadas a formar habilidades. “Los niños se preparan para la defensa del país. Aprenden a hacer nudos, a orientarse, a prestar primeros auxilios; también adquieren valores como el respeto y la colaboración”.
Y alcanzó resultados meritorios, pues en una ocasión llevó a sus pupilos hasta la Competencia Nacional realizada en Ciego de Ávila, donde obtuvieron el cuarto lugar.
“Creo que el movimiento ha ido decayendo, los niños van vestidos de exploradores, pero no hay actividades que promuevan la vida en contacto con la naturaleza; además, ha desaparecido la mayoría de los campamentos”.
Con más de 35 años de desvelos, Isela vive convencida de que “lo primero para un maestro ha de ser la vocación, sin eso no hay nada; prepararse bien, porque no se puede improvisar a la hora de dar clases, y analizar la conducta de cada alumno para orientarlos.
“La Educación en Cuba tiene que dar un vuelco, existen dificultades sobre todo con la atención a los maestros. Y el fraude debe desaparecer; nadie puede permitir que un estudiante apruebe sin haber adquirido los conocimientos”.
Isela aboga por la integralidad, a su juicio todo ha de ir unido para formar al hombre. Apuesta también por un estudio consciente con el propósito de aprender, no solo de aprobar.
En agosto arribó a los 70, y todavía se le ve activa, entusiasta, sonriente, en especial “cuando pasan y me gritan: “‘maestra, ¿usted se acuerda de mí?’ A veces es difícil porque ellos cambian; muchos de mis alumnos ya son médicos, maestros, abogados… Me siento orgullosa al comprobar que eligieron el camino correcto”.