
Solo parece que el mar no es infinito cada 28 de octubre. Es ese el dÃa en el que no alcanza todo el volumen de cualquier océano para poner a flotar alguna flor silvestre. De las más valiosas, de las que se arrancan de una mata en el camino cuando nos acordamos de alguien a quien queremos. Pero no se sabe cómo, Cuba vuelve a hacer magia. Y se inventa un océano particular para ir a querer al tipo de la sonrisa más sincera.
Porque el amor verdadero, el que no se impone y crece tan natural como la marea en las noches, es incontenible y audaz. Sabe recordar aunque la historia a la que asirse sea breve. A veces se inventa momentos que nunca ocurrieron, e imagina cómo hubiera andado la vida de Camilo si un inexplicable truco del destino no le hubiera arrebatado la respiración intensa y el andar calmado y loco.
El sentimiento auténtico se impone ante la hojarasca de los dÃas vanos. Y va alzándose en los hombros de lo que nos sobra para prevalecer al final de cada octubre. No importa cómo haya sido el año. Da igual cuánto varÃen las direcciones y el modo en el que transcurra la prisa.
Tres dÃas antes de que acabe el mes más nostálgico, el alma cubana se antoja de lanzarle un beso a su muchacho más noble, al más travieso, al de sentir más liso y mirada más profunda, al chico del sombrero eterno. Solo él se inventarÃa un modo tan original de recordarle.
Y, si el mar bastara, la gente irÃa a decirle cosas de amor, a lanzarle mensajes secretos de añoranza, y botellas náufragas repletas de necesidad y admiración.
Si la inmensidad marina fuese suficiente, Cuba arrojarÃa al agua tantos deseos de abrazar al joven héroe, al que se echó Yaguajay al hombro y cargó quién sabe con cuántas victorias secretas o conquistas anónimas, como las de los corazones de hombres tan precisos como él mismo, que no dudaron nunca en evocarle del modo más justo ni en enseñarnos a amarlo como él merece.
Pero como el mar no alcanza, son precisas también algunas letras en tierra: aquella canción escurridiza, la tÃmida crónica, el poema del niño que acabó de conocerle, el matutino esquivo y los concursos infantiles, la peregrinación al lecho marino y ese ritual infinito de poner en agua los misterios más exquisitos, y rendir el espÃritu ante el revolucionario genuino.
Hacen falta entonces las flores silvestres, procuradas con la urgencia de quien necesita homenajear a su amor rebelde. Solo un sÃmbolo como ellas puede completarnos los abrazos. Aunque para lograrlo estemos obligados a saquear jardines. Quizá no hubiese que llegar a ese extremo de robarle una metáfora a la naturaleza. Si el mar bastara…