
Como un pilar en cada una de las “revoluciones” sociales, culturales y educacionales que tuvieron lugar en nuestro país catalogó Fidel a la mujer cubana, a la madre trabajadora. Mucho habló nuestro Comandante en jefe de las féminas y siempre defendió para ellas un escaño en el Parlamento en puestos de dirección, y hasta en la vida militar les preservó un espacio.
Y es que decir madre o mujer encierra tantos valores que en ocasiones no existen palabras para reflejar tanta grandeza. Ternura, dedicación, responsabilidad, firmeza y entrega ante cada tarea son las primeras palabras que la describe.
El rasgo más sublime de la naturaleza le pertenece a la madre: la mujer es portadora de vida, sólo ella tiene este privilegio. Es por eso, que junto a dicha capacidad de engendrar, se le ha concedido un paquete de virtudes, valores y destrezas que la soportan, la socorren y la fortalecen para ejercer a plenitud su loable función.
El valor y amor de Mariana Grajales se multiplicó hasta nuestros días en la obra de la revolución, Celia, Haydee y Vilma solo por citar algunas se convirtieron en madres eternas de todos los cubanos gracias a su inmenso amor a la madre patria.
Legado Eterno que como madre que soy siento que nos impulsa a dar todo no solo por nuestros hijos, esas pequeños que iluminan nuestros días , sino a esta madre revolución que nos abre sus brazos.