No a la tala indiscriminada de los árboles

Cuentan que cuando el almirante Cristóbal Colón tocó suelo cubano quedó impresionado de la belleza de nuestro paisaje. Bautizó a Cuba como la isla más hermosa que ojos humanos han visto, y tenía razón.
Era posible atravesar el territorio de oriente a occidente sin que el sol castigara la piel, por la exuberante vegetación que reinaba en la mayor de las antillas.
Paso el tiempo y la situación actual es diferente. Los árboles se convirtieron en tablas, hermosos muebles y la depresión de nuestro inventario verde se volvió notable. La tala indiscriminada hizo sus estragos.
Cuando hablamos de las especies en peligro de extinción siempre nos referimos a los animales. Las plantas quedan en segundo plano y carecemos de la cultura para hablar con propiedad del daño que hacemos al medio ambiente con la tala irresponsable de ejemplares valiosos que conforman nuestro pulmón natural.
Si pensamos un poco en el asunto, entenderemos con facilidad que la palabra indiscriminada no adorna por gusto la frase repetida. Significa sin discriminar.
Los irresponsables se adentran en nuestro bosque, en los patios o en cualquier paraje y derriban especies sin tener en cuenta la cantidad existente, si la edad del árbol es la idónea para cortarlo, o la importancia que el mismo tiene en el entorno.
Plantas aún jóvenes caen ante las hachas o las sierras eléctricas, para incorporarse a un proceso productivo informal, el del contrabando de maderables, y terminan convertidas en piezas de utilidad que alimentan el bolsillo de unos pocos.
En el proceso participan los taladores, los carpinteros, los intermediarios y también los consumidores que van en busca de resolver su necesidad e ignoran la procedencia de la madera.
Pero tampoco se trata de una ingenuidad pura, como pudiéramos pensar. Todos conocen el valor de cada trozo de madera por su naturaleza o por la escasez del mismo en el mercado.
El cedro, la caoba, el ébano, la majagua, son árboles cotizados y encarecen el bien que se adquiere. Detrás de la ingenuidad prevalece el interés económico.
Otra afectación que me parece aún más preocupante es a la biodiversidad. Un árbol no solo es un organismo vivo. También es el soporte o refugio de criaturas que desempeñan un rol en el ecosistema.
Algunos como el mangle son priorizados por proyectos de alcance nacional. Otros se las tienen que arreglar solos y están condenados a desaparecer a corto, mediano y largo plazo.
La reforestación es insuficiente, aunque en la distribución de tierras ociosas se potenció en la última década la siembra de frutales y maderables.
También es muy poca la cultura del reciclaje de los cubanos que desatendemos el uso de materiales que nos permitan no sobre explotar nuestros recursos naturales mediante la reutilización y el fomento de las llamadas producciones limpias.
La tala indiscriminada de arboles es la plaga más dañina de nuestra reserva forestal. Afecta más que los incendios porque es una pérdida silenciosa y continua que tiene asegurado un mercado en nuestro consumo insensato.
Existen leyes, disposiciones, autoridades encargadas, campañas en los medios, pero nada parece funcionar de manera definitiva en esta práctica de la inconciencia humana.



