
Marcada por una cotidianidad convulsa y agitada, la sociedad ha comenzado a perder ciertos valores y modales muy necesarios para lograr una convivencia, si no agradable al menos sí aceptable.
Muy común en estos tiempos es llegar a establecimientos expendedores, que visitamos cada día, y no dar ni recibir muestras de educación. En muchos locales es habitual no tener contacto visual con el cliente cuando pregunta o solicita los servicios del dependiente, ignorar sus quejas cuando no se cumplió con sus expectativas o llegar incluso a malas contestas, según la tensión en el ambiente.
En el municipio artemiseño de Güira de Melena existen estrategias para conocer el estado de opinión de la población sobre los servicios de las unidades expendedores. En el sector de Comercio, por ejemplo, la especialista Yenia Siberio Espinoza, asegura la existencia de registros y libros de quejas y sugerencias donde se asientan las opiniones de la población para dar solución inmediata o a largo plazo, según las características de la inquietud del consumidor.
Siguiendo esta línea 24 bodegas en el área urbana, 16 en la zona rural, 5 tiendas, 6 carnicerías y el Mercado Ideal "El Colonial" intentan brindar la mejor atención a la población. Pero ¿en realidad se cumple con la normas de educación? ¿Qué sucede cuando se afecta la refrigeración o la calidad del pollo o la leche? Solo al mencionar dos de los productos más polémicos quienes pasan un tiempo en este tipo de establecimiento conocen cómo es la atención a la población, y si bien no se puede generalizar tampoco es saludable aceptar que se ofrece un buen servicio.
La impaciencia por parte del dependiente por terminar con el cliente de turno agrede su derecho de ser bien atendido. Entonces se impone quizás un trabajo preventivo-educativo para enseñar nuevamente los valores, los modales, el carácter, la delicadeza y la paciencia que se requieren para atender a la abuelita de 80 años, al médico que acaba un turno de 24 horas o simplemente al ama de casa que todavía no concluye sus labores hogareñas, porque al menos en este sentido el cliente siempre tiene la razón.