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Pasajero indeseable

Vuelvo a la carga con un comentario referido al transporte, o más bien al cumplimiento de las medidas establecidas para la transportación de pasajeros que es un asunto que interesa a todos.

Reitero  esta vez la gran dicotomía que existe entre la realidad objetiva, la amenaza, el peligro y la necesidad, el imponderable o la urgencia. No salir de casa sigue siendo el arma más efectiva para mantenerse libre de la COVID-19, pero también es necesario ir a trabajar para que crezca la economía, visitar a algunos familiares que dependen de nosotros o ir a comprar aquello que necesitamos para la vida diaria y que hoy se hace distante y complejo como es bien sabido. 

Son una necesidad los ómnibus que esta vez dan más que nunca en la Diana y resuelven el problema del traslado bajo regulaciones que no se deben violar y por las cuales los choferes responden con su trabajo y los pasajeros responden con su vida.

Soy de los que piensa que no es necesario un policía cuando los seres humanos actuamos con sentido de la responsabilidad y sabemos lo que tenemos que hacer. No hace falta la imagen de la ley para que nos comportemos como adultos civilizados.

Pero tampoco entiendo qué es lo necesario para que la conducta en los ómnibus y paradas sea la que requiere hoy la pandemia y para que los que suben a un ómnibus cumplan con la higienización.    
 
Si en vez de combustible y energía el país necesitara ahorrar cloro se entendería la cantidad de personas que sube a una guagua y no se echan el hipoclorito al 1 %.

Son numerosos los pasajeros a los que les incomoda, les asfixia y les da sensación de claustrofobia el uso del nasobuco o mascarilla y prefieren bajarla al cuello de forma permanente o en el momento en el que hablan, que es cuando las partículas que pueden estar contagiadas se disparan hacia los demás.

Transportarse bajo esas condiciones  ya es peligroso. Pero llega a ser peor cuando uno le llama la atención a esos pasajeros y recibe improperios porque ya abrieron la Habana o Díaz Canel dijo que hay que adaptarse a convivir con el coronavirus.

Es tanta la enajenación de ciertas personas, llegan a ser tan ilusas algunas que  a veces evalúo la posibilidad de quedarme callado. Pero  insisto, los que así actúan nos ponen en peligro a todos y el silencio no es una opción. Siempre existirán los que no entiendan por más que se explique.

Siempre existirán quienes  demuestran una total displicencia por los demás y actúen con una mezcla de temeridad y estupidez, pero lo que está en juego es demasiado serio para colgar los guantes o tirar la toalla.

Los coleros y acaparadores hacen daño en el acceso de todos a los recursos limitados de los que se dispone, los inescrupulosos que incumplen con el cuidado de su salud cometen un delito, lo premeditan, lo hacen con conocimiento del daño. Pueden estar junto a usted en el asiento contiguo, en el de las embarazadas o los que tienen una limitación física.

Pueden ser conocidos o extraños. Deberían ser bajados en la parada más cercana pero a la larga dañarían a los transeúntes. Por eso es tan difícil ubicarlos. Porque esos  no caben en nuestra sociedad.

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