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Majisterio: más que una simple profesión

Inició el curso escolar y, sentadas conversando, una amiga de la infancia y yo recordábamos tiempos que no retornarán. Evocábamos, con añoranza, momentos de inocencia, juegos y aprendizaje compartidos en la escuela América Latina, en el central Nodarse, de Mariel. Y acudió a nuestra memoria, con dulce fragancia, el recuerdo de Marianela Monteserín, nuestra maestra de primaria.

Conjugando en sus clases sabiduría, disposición, delicadeza, humor y un toque mágico de fantasía, esta maestra de generaciones despertó la simpatía, el afecto y la admiración, dentro y fuera del aula, tanto en alumnos como en padres.

Cual alfarera, Marianela moldeó nuestro carácter para el futuro y sembró, como diligente agricultor, valores y enseñanzas que crecieron y dieron frutos en quienes fuimos receptivos a su herencia. Con ella, cada curso era una aventura anhelada, y en las vacaciones extrañaba descubrir nuevos misterios del universo de las letras y los números, de la mano de su ingenio.

Nunca olvidaré las tantas veces que Pelusín del Monte visitó nuestro salón en la voz de Marianela, trayendo sorpresas, en disímiles ocasiones al costo de su propio bolsillo.

Tampoco se borran de mi memoria las fiestas que preparaba, su preocupación siempre que yo enfermaba, las puertas de su casa abiertas para cualquier estudiante que necesitara de su apoyo.

Marianela Monteserín, más que un nombre en el recuerdo de la infancia, representa la imagen del verdadero maestro, ese cuyo amor hacia la profesión supera todo tipo de obstáculos. Como ella, pudiera mencionar muchos ejemplos a lo largo de mi vida estudiantil, profesores comprometidos y conscientes de su rol social, capaces de demostrar que una educación de calidad es posible e imprescindible.

Numerosos comentarios despierta en la sociedad actual la calidad de la enseñanza y preocupan los jóvenes que dejan atrás etapas escolares, con lastres y deudas cognitivas.

La esencia del contexto educacional va más allá de programas nacionales, condiciones infraestructurales o circunstancias económicas, radica también en cada pedagogo, en su disposición real a cultivar la mente y el alma de infinidad de discípulos.

Todas las carreras requieren de vocación, pero al igual que la Medicina, la Educación, por su trascendencia, necesita una doble porción de aptitud y compromiso. Solo así podrá hacerse realidad esa frase de José de la Luz y Caballero que dibuja al educador como un evangelio vivo.

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