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Para saborear el olor a fruta fresca

Yeila tiene siete años, es una niña como otra cualquiera, pero a la vez marca la diferencia. En medio de una jornada periodística, de recorrido por Bahía Honda, en una de esas comunidades que distinguen a este peculiar territorio bañado por las montañas, conocí a la pequeña.

Tanto ella como su familia, nos acogieron de inmediato, son personas sencillas, “de campo”, como dicen muchos. En apenas unos minutos, ya estaba entablando conversación. Supe de su pequeña escuela, con alrededor de unos ocho niños de diferentes grados, de la maestra que antes le daba clases en su casa, de sus amiguitos, de la “chismosa” con que se alumbraban, de la corriente eléctrica que inundó hace algún tiempo estos parajes, de sus dos perritos, y las flores que dice ella misma siembra con algunas semillas que “riega en la tierra”.

La pequeña nos acompañó durante nuestra estancia, e incluso, un poco más. Algún día –si así lo desea-, pudiera convertirse en el relevo de su abuelo, quien es un conocido fruticultor (él era el motivo de nuestra visita);  ya hasta ella es bien conocida por algunos en la zona, pues siempre está a su lado.

De la mano de Yeila, también descubrí el patio de su casa. Apenas unos metros recorridos, y me enseñó una fruta que nunca había escuchado ni el nombre; ahora mismo, no lo recuerdo. En alrededor de ocho hectáreas reinan los frutales; el abuelo Gerónimo tiene 172 especies, de las 181 que existen en Cuba, y a ellas se debe. Según comenta, “mientras viva me dedicaré a los frutales”.  

Como esta familia, hay decenas que desde las montañas  hacen producir la tierra, y que construyen su hogar en estos sitios, sin importar que apartados puedan estar de la ciudad.  

Unos minutos antes, había intercambiado con Eloisa, una mujer consagrada al campo, al sitio donde ha visto nacer de sus propias manos la Finca Municipal de Plantas Medicinales de Candelaria. Allí, atesora el haber llegado recientemente a las 80 especies de frutales, los cuales ha intercalado alrededor de la finca y en otros espacios.

En la entrada, una juguera recibe al visitante, en la misma encontramos alrededor de siete variedades de jugo a un peso, además de coctel, a dos.
Nuestras tierras, necesitan de personas como Gerónimo y Eloisa, ellos han de multiplicarse para que variedad de frutas lleguen al pueblo; se requiere de hombres como Osmany, quien está al frente de la Finca San Juan El Brujo, en Artemisa, y explota 67,5 hectáreas de frutales.

Se requiere de entrega, de tesón, para que cuando acudamos a los mercados, o en los conocidos carretilleros encontremos no solo una fruta, o dos; no solo el plátano, la guayaba, la frutabomba, o el mango -en dependencia de la época-, sino variedad de estas, incluso, de las menos conocidas, las exóticas; para que cada vez más, los precios estén al alcance de nuestros bolsillos, pues a mayor producción, se supone que…

Está más que probada la importancia de consumir frutas para nuestra salud. Son quizás los alimentos más llamativos por su diversidad de colores y formas; pero, además, forman parte de los que poseen mayor cantidad de nutrientes y sustancias naturales, altamente beneficiosas para nuestro cuerpo.

En la provincia nacieron, hace apenas unos meses, otras nueve cooperativas de frutales, las cuales se suman a las siete ya existentes (pertenecientes al movimiento de las cien cooperativas de este tipo emprendido en el país). Sabemos de los esfuerzos por potenciar el desarrollo de estos, y del empeño que ha puesto Adolfito, el jefe del Programa Nacional de Agricultura Urbana, Suburbana y Familiar.   

Conversando con amistades, de Mariel, San Antonio, Caimito, San Cristóbal, Artemisa, Guanajay… comentan que no es suficiente la presencia de frutas, ni las de sus derivados.

Más allá del fomento de jugueras, y del mejor o peor funcionamiento de algunas, toda la población aún no tiene acceso a estas (teniendo en cuenta la cantidad de habitantes por territorio, y por ejemplo, la existencia de solo una en determinado municipio), ni haya la diversidad que se requiere. Y qué decir de encontrar alguna que otra mermelada a nuestro alcance.  

Aún no es suficiente, se requiere de personas que hagan producir la tierra, de garantías en el relevo (quizás Yeila siga el camino de su abuelo), de efectivos mecanismos de comercialización, de inversiones, de estrategias… para que se hagan más visibles los frutales.

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