El valle de Machuca

Cuando llegas a Machuca, una comunidad de 325 personas al noroeste de San Cristóbal, dejas atrás 17 kilómetros de piedras y fango.
El terraplén que enlaza a este caserío con el vial de montaña se arrastra como serpiente entre áridos despeñaderos de lajas de piedras, bordea elevados barrancos a cielo abierto con la sombra de un bosque semidesiduo a un lado, y a otro las escarpadas paredes casi verticales donde una palma semeja una aguja. Al bordear el pie de las montañas, se entremezcla en boscosos túneles de vegetación siempre verde, hasta unos claros suelos de anaranjadas tierras, allá en el fondo del valle.

Para los principiantes viajeros nunca serán exiguas ni ridículas todas las expresiones de asombro que a uno se le ocurran durante las casi tres horas de recorrido encima de un Ural-4320, camión ruso todoterreno 6x6, multipropósito, diseñado en 1976 para el transporte de hasta 6 000 kilogramos de carga, capacidad para unas 27 personas y movilidad en todo tipo de escenarios.

El paseante llega a una tierra donde el bosque se entremezcla con el cultivo de tubérculos, granos y cítricos. En la escarpa de la montaña, lo que los campesinos conocen como la tumba, se dan la malanga, el café y el plátano.

Predomina más allá de los sembradíos un bosque mixto de esqueléticos almácigos que nacieron sobre piedras, espigadas palmas advierten décadas pasadas de deforestación, los frutos de las guásimas parecen olivos, los eucaliptos se empinan como postes, y los cayos de pinos crecen en los reducidos pedazos de suelos degradados.

En Machuca, al ser un valle menor ubicado entre la Sierra del Rosario, los campesinos cultivan en los bordes más bajos de las montañas la naranja y la piña, creando un arco circunferencial espinoso como una barrera invisible de protección. Un tipo de siembra a modo de terrazas que evita la erosión del suelo, y no redondea a las elevaciones, sino que obliga a la lluvia a confluir en las cañadas que originan los ríos, flujos de agua de los que depende más de la mitad de la humanidad.

Benito Mirabal, campesino de 75 años, vive en Machuca desde 1958. Sus padres y dos hermanos llegaron huyéndole a los desalojos que cometían los soldados de la dictadura batistiana en los asentamientos cercanos a Bahía Honda.

No profesa la religión acuática que sí practican otros 165 vecinos del lugar; sin embargo, conoce muy bien el río. Cuenta que el naciente del Maní Maní, que es como él lo llama, queda a unos 10 kilómetros loma arriba, que nunca ha visto peces grandes, ni animales peligrosos, ni ha escuchado leyendas que le hagan temerle.

Maní Maní es un río perenne, alimentado por aguas subterráneas de manantial y por las abundantes lluvias de mayo, junio y septiembre, aunque su caudal no corre todo el año. Forma congeladas piscinas debajo de la cobertura vegetal que lo protege de la evaporación y la evapotranspiración, lo que permite su permanente existencia.

Machuca es un valle fluvial y, como tal, tiene forma de V. El río modifica la campiña a lo largo de su curso, su cauce se abre ampliando o reduciendo su anchura según los perfiles transversales de las pendientes de las montañas a su alrededor, modelando el paisaje como serpentina que se tira al aire. Y a lo largo de su orilla, y la de sus afluentes, las casas de madera con techo a dos aguas lo adornan como impregnándose a él, como las epífitas crecen encima de las ramas de los árboles.

La perspectiva existencial de Benito y de los otros tantos pobladores de la comunidad es ser dependientes, pero no abusivos con el monte, sus circunstancias fluctúan en la doble condición de ser usuarios y cuidadores de todos los recursos naturales que los enriquecen a su alrededor.