
El centro de elaboración La Pinareña, perteneciente a la UEB de Comercio y Gastronomía de Bahía Honda, atesora una historia de cuatro décadas junto a una vitalidad extraordinaria, pues los dulces, panecillos, mermeladas y croquetas, entre otros productos que allí elaboran surgen de manos adolescentes, cada día más talentosas.
De lunes a viernes, en la mañana, asisten estudiantes de la enseñanza politécnica y la escuela de oficio para realizar sus prácticas en la especialidad de alimentos. Guiados por Alejo González, El Chino, maestro dulcero con más de 28 años de labor, aprenden un oficio difícil en tanto elaborar alimentos deviene arte y requiere mucha entrega, sobre todo cuando se destinan a la población.
“No solo con esfuerzo logramos el dulce ideal. Hay que ponerle un alta dosis de amor y prestar mucha atención a todo el proceso”, comentó Katiuska Reyes, estudiante de segundo año de la escuela de oficio y residente en Lazareno, quien elabora dulces en su hogar al igual que Ranger Izquierdo, alumno de politécnico, cuya aspiración es continuar trabajando en el centro después de graduarse.
Ranger cree en su sueño. Él tiene como ejemplos a Yaneiki Serguera y Yaima Laza, con más de 10 años en La Pinareña, donde realizaron sus prácticas en dulcería. Para ellas, la mayor recompensa ha sido ganarse el respeto de sus compañeros y poder transmitir sus conocimientos a otros estudiantes.
Experiencia, responsabilidad
Los productos elaborados en el centro bahiahondense gozan de gran aceptación. Dulces, ahumados y embutidos vuelan en el punto de venta de la UEB de Comercio y Gastronomía ubicado en la propia instalación, lo cual no es obra de la casualidad ni sólo de su alta demanda.
Entre 2000 y 2012 ostentó la categoría de Vanguardia Nacional, algo muy difícil de lograr para una pequeña industria donde el grueso del laboreo es manual. La clave, asegura Manuel Valdés, el administrador, ha sido el deseo de hacer, la experiencia, responsabilidad y disciplina de los obreros. “Son quienes asumen todos los mantenimientos y de esa manera sobrevivimos estos 40 años”.
Valdés, técnico en contabilidad, finanzas y planificación, acumula 25 años en la pequeña fábrica. Es una persona jovial, sencilla y siente un orgullo especial por el centro. No dudó en mostrarme cómo se elaboran el jamón y los panes, presentarme a cada trabajador y resaltar cuanto hacen.
Manuel es toda una institución en los ahumados. Estoy seguro que su conocimiento y pasión por las artes culinarias han sido determinantes en el devenir del centro, aunque no lo reconoció en la entrevista.
No podemos esperar menos de quien fuera asesor de los centros de elaboración del país del Mincin, Vanguardia Nacional de la gastronomía, creador del Jamón Carrabay, elaborado con un por ciento de corragenano obtenido de las algas marinas kappaphycus lo cual aumenta su valor nutritivo y disminuye el uso de polifosfato en el proceso de curación.
Él también es maestro, asegura Catalina Argudín, quien llegó al centro como auxiliar de limpieza hace 20 años y después se incorporó a la producción, en buena medida, con su ayuda. Criterio similar sobre Valdés comparte Leonardo Díaz, primero dulcero y ahora a cargo de la preparación de los ahumados.
Cada cocinero tiene su librito y los bahiaondenses de La Pinareña también. Con relación a los ahumados Díaz destaca la importancia de darle el tiempo necesario en el horno cuyo mejor combustible es el carbón, sobre todo de marabú, y no apurarlo pues quedaría crudo. El producto final se vende en la red de la gastronomía local.
Orden y limpieza priman en la Pinareña, entusiasmo contagioso irradian tanto los jóvenes aprendices como los más expertos. Así es la rutina en ese centro capaz de aportar mucho más a la demanda de alimentos si le suministran la materia prima suficiente, al tiempo que cumple la bella misión de formar mujeres y hombres de bien.