
El verde del mangle colorea el paisaje y se combina con el mar azul en el horizonte. Esta relación condiciona la vida en Guanímar, pues las olas enfurecidas han dejado estragos que van mucho más allá de los derrumbes. Las gaviotas ya no se ven tan a menudo y los peces comienzan a escasear.
Cada día la vida es más dura en este rincón de la costa sur alquizareña. El sitio ha dejado atrás sus años de esplendor; se empecina en una lucha por sobrevivir al clima y la desidia. Pese a las visibles huellas de los ciclones, unas 50 familias permanecen allí. Muchos se fueron. Otros han regresado, pues no pueden vivir lejos del mar.
En la memoria quedaron la fábrica de hielo, el puerto pesquero, el famoso centro de fangoterapia, la escuela primaria, el bar La gaviota…; uno a uno fueron cerrando o destruyéndose, y con ellos la imagen de un apacible pueblo costero y popular destino veraniego.
Fuera de la temporada estival, recorrer los casi 20 kilómetros que lo separan de Alquízar resulta una odisea. La única guagua realiza solo dos viajes diarios, pero “casi siempre está rota. Los muchachos pasan mucho trabajo para ir a la escuela; el transporte, cuando viene, se va repleto por las mañanas”, afirma Yajaira Álvarez.
Mientras el pueblo se consume entre el salitre y el abandono, Ricardo Álvarez padece el mismo dolor. Nacido y criado entre estos canales, entregó sus fuerzas a este claro de mar por diez años. Como delegado del Poder Popular, luchó por el pueblo y su gente, pero los huracanes y la falta de apoyo le ganaron la pelea.
“Nosotros sentimos que se nos ha olvidado. Las autoridades solo se acuerdan de Guanímar cuando está llegando el verano. Cerraron la farmacia, el kiosco en divisas…; poco a poco se ha ido abandonando la playa, al punto de llegar a condiciones deplorables”, comenta.
“La vida aquí se reduce a la pesca, pero ahora los barcos están en Batabanó y las tripulaciones deben ir por sus medios hasta allá. Quienes pescamos contratados estatalmente tenemos muchas necesidades, pues la empresa no nos suministra casi nada, ni siquiera petróleo o hielo”.
Los canales están enyerbados y sucios, la escuela abandonada se ha convertido en un basurero, y el puente donde todos disfrutan en las vacaciones se volvió a romper. “El problema viene porque quienes pasan el verano aquí no cuidan nada; no tienen ningún sentido de pertenencia, simplemente destruyen y se van”, explica.
Algunos habitantes se quejaron de irregularidades con el abasto de agua, la distribución del pan de la canasta básica y escasez de productos alimenticios liberados. El propio día de nuestra visita no llegó el pan, y antes también presentó problemas. Otros manifestaron su preocupación ante rumores sobre el cierre de la bodega, el bar-cafetería y el consultorio médico.
Las autoridades dan la cara
Ante estas preocupaciones acudimos a Wilfredo Ferreiro, jefe del Consejo de la Administración Municipal (CAM) de Alquízar, quien reconoció las dificultades con el transporte y con la distribución del pan normado.
Ferreiro aseguró que con los ómnibus disponibles solo pueden cubrir la apertura y el cierre de la línea, y no con total garantía, por lo cual trabajan para brindar un tercer viaje al mediodía y en pos de estabilizar los dos primeros.
Con respecto a la transportación de los estudiantes hacia la cabecera municipal, agregó que la base escolar de Güira de Melena solo les contrata cuatro guaguas, y cuando alguna sufre una avería se afecta todo el sistema.
Justo en la tierra de la papa encontramos la fuente de las dificultades con el pan. Según explica Ferreiro, desde allí llega este último alimento a su municipio, y han existido problemas de roturas en reiteradas ocasiones, aunque luego lo han repuesto.
También informó sobre la limpieza acometida en los canales de la zona y la próxima apertura de un puesto de viandas, a precios oscilantes, subordinado a una cooperativa, además de otras acciones con vistas a revitalizar la comunidad ante la cercanía del caluroso verano.
Como parte de los esfuerzos para la recuperación costera, el CAM no otorgará nuevas licencias de construcción en la zona, solo para reparaciones y construcciones eventuales con miras a los planes de verano. Ferreiro añadió que, a partir de este mes, comenzarán a demoler las estructuras destruidas totalmente por los huracanes, para darle una segunda oportunidad al mangle.
Al concluir sus declaraciones, el jefe del Consejo de la Administración enfatizó que mientras queden pobladores en Guanímar no se van a cerrar ni la bodega ni el bar-cafetería, mucho menos la casa del médico de la familia.
Más allá de estos destellos de luz, ya Guanímar tiene una cicatriz difícil de sanar. Muchos de sus moradores partieron hacia tierras más altas, ante la decadencia de la comunidad. Es el caso de Homero Doval, quien laboró dos décadas como guardabosque en el humedal; en su juventud también pescó y fue patrón de barco.
Hace más de un año, Doval dejó su vieja casa de madera y se fue hasta las cercanías de Alquízar. “En la playa era muy difícil vivir. No quería irme, pero las condiciones empeoraban cada vez más. Si el pueblo no hubiese cambiado tanto para mal, estuviera aún en Guanímar; me dolió mucho partir”.
Mientras sube el nivel del mar, aumenta también el peligro de perder -y por otras razones- una emblemática parte de la costa sur de nuestra provincia. Es tarea de todos, en especial de los alquizareños, trabajar para evitarlo, y que historias como las de Ricardo y Homero… no se repitan.