Cómo vivir más de 100…

Aquel rostro resplandeciente, su lozana conversación y la sonrisa, casi siempre a flor de labios, bien me hubieran engañado. ¿Cien años de edad y con ese espíritu? Sí, sorprendente, pero cierto. Los cumplió el pasado enero, y su júbilo de vivir revela que celebrará otros cumple más.

Escribía de su puño una carta cuando llegué cargada de interrogantes, y accedió a responder con una sencillez peculiar. Es así como Ana Lidia Ruiz Pérez me cuenta que nació en 1916, en la lejana, rebelde y hospitalaria Santiago de Cuba, y vivió —hasta hace dos años atrás al mudarse a Artemisa— en el poblado Dos Caminos, perteneciente a San Luis.

Son tres hijos su descendencia, aunque cuestiones familiares la hicieron ser madre de una hermana que crió desde los nueve meses de nacida, con quien vive ahora. No faltó en sus confesiones el eterno dolor por un hijo fallecido. Por tanto, deduje entre sus grandes pasiones a la familia, y a una religión dueña de su fe —Testigo de Jehová-, la cual practica hace 50 años.

Juntas fuimos hasta su juventud en Santiago, y rememoró entonces cuánta ropa hervía con leña en el patio, cómo cocinaba con carbón y luz brillante en la casa, y otras durezas de la vida, mas siempre la envolvió la tranquilidad hogareña, asegura como una receta eterna.

Anita, como la llaman quienes la llevan bien —según ella dice—, convirtió cursos de corte, costura y tejido en un arte; de ahí lo común de encontrarla, como una “araña”, tejiendo abrigos, tapetes, bufandas, estolas y otras maravillas dignas de encantar a los gustos más exigentes.

“Soy enemiga de las carnes, si acaso un pedacito de pollo; no obstante, sin los vegetales no puedo vivir. Combino mi dieta con habichuela, berenjena, remolacha, quimbombó, col, plátano pintón, boniato… Ah, tomo un cafecito en las mañanas, y cocimiento de guanábana para equilibrar mi presión arterial, en las noches.

“No me faltan las vitaminas, y me acompaña siempre la paz interior. Me gusta la música bajita, no esa escandalera que ensordece a la juventud. Veo novelas y películas, pero sin violencia.

“Cada sábado una congregación de hermanos de religión me convocan, y aprovechan mis comentarios y experiencia. Viajo en bicitaxi”, manifiesta y amplía su sonrisa centenaria.

Anita burla los escalones de la casa en altos donde vive en calle 7, entre 50 D y 50 C, reparto Toledo, Artemisa, a la cual se acostumbró rápido; mas, no abandona la nostalgia de Dos Caminos, añora estar cerca del resto de la familia.

Me dice que perdió el sentido del olfato, pero no el buen humor. Por ese don debe andar la fórmula que evita arrugas, le digo, y vuelvo a escuchar su carcajada.

Solo un tiempo con Anita, y de ella aprendí que dan vida la armonía familiar, el buen carácter, los adecuados hábitos alimenticios, el sentirse útil y la mente ocupada.

Sin titubeos, un modo de vida a multiplicar para acercarnos al privilegio de vivir 100 años… o más.
El artemiseño