A mi payaso

Suele ser un actor único. Bromas, trucos divertidos, la burla de lo cotidiano caracteriza ese personaje admirado por todos y en especial por los más pequeños de casa. Desde su nacimiento, la vestimenta y maquillaje denotaron cierta jerarquía. Tanto el vagabundo, cara blanca o augusto captaban la atención del espectador. Cada uno, diferente, con su gracia peculiar, poco a poco se convirtió en esa figura principal que No falta en un circo y hasta en una fiesta de cumpleaños.

Conocí un personaje de estos que me hacía reír, soñar pero en a veces en su sonrisa tierna y oculta escondía tristezas, anhelos y sentimientos guardados sin contar. Jamás salían a la luz y el público no se percataba de su verdadera emoción. Eso sí, nunca faltó en este payaso la satisfacción que causa divertir a esos pequeños seres llenos de ingenuidad, de vida, llenos de esa imaginación mágica que vuela y se transporta hacia un mundo de fantasía; donde solo un payaso puede convertirse en aquello que un niño sueña.
Aquel del cual hablo vestía con colores llamativos, brillantes; llevaba moños y una pequeña pachanguita. Su calzado y maquillaje sencillo No causaba temor en los niños. Tal vez No era un augusto, clown, tony, o quizás era todos a la vez pero cada función transmitía una nueva enseñanza, una nueva experiencia. Este personaje nunca estaba solo, lo acompañaban Pancho, Bartolo, Amapancha, el lagartijo y otros tantos de los títeres que tenía.
El payaso que vi una vez se escondió pero no por mucho tiempo, solo hasta que un niño especial lo despierte y reviva su encuentro. Entonces saltará de nuevo, aplaudirá junto a otros en sus fiestas y actividades, dará mil piruetas pero en esta ocasión de seguro jamás estará triste, solo y más nunca se esconderá. Moñitos era el nombre de mi payaso. Ese que nunca me abandona y me trae los mejores recuerdos junto a aquellos que nunca apagan su voz.