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Periodista en el vórtice de un drama

“Cada vez que me acuerdo del ciclón,se me enferma el corazón…” Trío Matamoros

“No tengo derecho a sentarme a escribir lo que imagino para dejar de escribir lo que viví”, dejó claro el periodista y escritor español, de origen judío, Max Aub, autor de una importante obra narrativa y ensayística y magnífico testimoniante de la Guerra Civil Española.

Jorge Velázquez Ramayo, un nonagenario periodista y escritor holguinero residente en Caimito, también parece haber asumido esta verdad del autor de Juego de cartas, pues antes de sentarse a escribir novelas y cuentos de ficción, sintió como un acto imprescindible sentarse a escribir acerca de la experiencia brutal vivida en la finca de Los Infantes, en la actual provincia de Holguín, durante el paso arrollador del ciclón Flora por el Oriente de Cuba, durante el mes de octubre de 1963.
Así lo hizo. Por eso, 10 años más tarde, de unos valiosos apuntes conservados milagrosamente desde esos días tempestuosos, comenzó la escritura de Vórtice,premiada en el concurso de novela Uneac, en 1976.
A la finca había arribado Velázquez, entonces reportero del periódico La Verdad de Banes y también trabajador bancario, con el propósito de dirigir las tareas de intervención de aquella propiedad. No imaginaba entonces el periodista que su regreso a casa estaría marcado por unos ribetes casi  tan trágicos como los de Ulises al volver a la ciudad de Ítaca.
Una tragedia tocaba entonces a las puertas de la nación cubana y este hombre, sin haberlo imaginado ni una sola vez, tendría un papel protagónico y heroico en el cuidado y salvación de 65 vidas humanas, atrapadas en medio de la ferocidad de las aguas del río Cauto.
“Por suerte, la casona del mayoral estaba en muy buenas condiciones –comenta Velázquez todavía emocionado- y allí fuimos agrupando a muchas familias de los alrededores, compuestas  por una considerable cantidad de niños y mujeres. El mayoral de la finca –un hombre que después se integraría en pleno al proceso revolucionario- se convirtió en mi mano derecha, hasta salvar mi vida en un momento extremo.
“En medio de aquel revuelo, la violencia de las aguas estuvo a punto de llevarme junto con el caballo donde iba montado –dice como si reviviera el susto de aquel momento-.  Parecía mi fin. Pero de pronto sentí que algo me apretaba fuertemente por el pecho y era un lazo que había tirado él para poder salvarme”.
Fue precisamente en la fuerza incontenible del agua, más que los embates del viento, donde radicó el peso más demoledor del ciclón Flora. Con el Cauto desbordado rabiosamente a 40 kilómetros en una dirección y otra, las probabilidades de sobrevivir eran casi nulas, y ninguna fue para más de 1 200 seres humanos, algunos de ellos desaparecidos para siempre bajo la fuerza de este río tan impetuoso como letal.
“En la finca había cerca de 600 cabezas de ganado –continúa Velázquez- y nos lanzamos a protegerlas. Finalmente se perdieron más de la mitad. Por suerte, pudimos salar la carne de una de ellas para poder alimentarnos en este trance de vida o muerte. Era terrible ver el espectáculo que estaba ante nuestros ojos: caballos, vacas, chivos, gallinas… se sacudían en medio de la corriente, lanzando despavoridos gritos de horror”.
Al cielo raso de la vivienda, construido con mucha fortaleza, ayudamos a subir a las mujeres y los niños   cuando el agua ya prometía trepar hasta el infinito. Pero dos golpes de suerte fueron esenciales para que la tragedia no cebara sus tábanos en la finca de Los infantes.
El primero de ellos fue que los troncos de un aserrío cercano rodaron hasta el frente de la casona y allí, junto a otros maderos arrastrados por la corriente, formaron una verdadera muralla, capaz de frenar en seco el impacto  descomunal de las aguas del Cauto contra la vivienda.
Por otra parte, el fogón de raíles de la casona había quedado a salvo, a unos escasos centímetros por encima del nivel de las aguas. En este fogón, las mujeres cocinarían, por espacio de una semana, todo el alimento disponible para la supervivencia.
“Habíamos hecho unas rayitas en la pared, para comprobar si el nivel subía o bajaba –cuenta el autor de Vórtice-. Si subía, nos poníamos muy tristes; si bajaba, nos llenábamos de alegría. Vivir con el agua hasta el pecho durante una semana, sin ninguna información disponible, alejados de todos y de todos, con menos alimentos cada día, es lo más parecido a una tragedia”.
Muchos años antes, hasta el general Calixto García una vez se vio empantanado en esta zona del Cauto y muchos de sus hombres, con un larguísimo currículum de heroicidades, se sintieron invadidos por el pánico.
De este pasaje inolvidable de su vida, Velázquez recuerda todavía un tramo de la Carretera Central “estrujado” como un papelito por los ímpetus del Flora y, sobre todo, no puede olvidar la muerte trágica de dos niños, con los que, un día antes de fallecer ambos, estuvo bromeando largamente.
Y recuerda también que, en medio del llanto inconsolable de muchos pequeños en la casona, ya abatidos por el impacto del hambre, un soldado nombrado Raúl dio un grito de alegría al descubrir en su mochila 11 latas de leche condensada, las cuales sirvieron para calmarles de inmediato el hambre.
Aunque en la novela Vórtice están cambiados los nombres de los personajes y lugares implicados en la historia real, todas las criaturas y espacios del libro responden  en esencia a la más sincera realidad de un drama que, al menos en la finca de Los Infantes, no llegó a ser tragedia, pues no fue preciso lamentar ni una sola pérdida humana.
Hoy, con un solo ejemplar a mano de aquellos 10 000 publicados, Jorge Velázquez Ramayo sueña con una reedición de su primera novela, cargada de dolor y esperanza, un texto de obligada escritura antes de que su autor se sentara a fabular  las ficciones que llenarían sus próximos libros.

Nota final necesaria: El salvaje paso del ciclón Flora  por Cuba motivó que Fidel propusiera la inmediata creación de importantes y poderosos  embalses de agua a lo largo de toda la nación. Era preciso que una tragedia como aquella nunca más volviera a repetirse.
 

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